Hay semanas en que Chile parece hablar con una sola voz. No porque todos estén de acuerdo, sino porque miles de conversaciones distintas terminan chocando con el mismo escenario. Eso pasó estos días con el Festival de Viña del Mar 2026. La Quinta Vergara volvió a ser ese lugar extraño donde caben la euforia y el enojo, el orgullo y la incomodidad, la nostalgia y el meme del minuto.
Viña siempre ha sido una vitrina musical, sí, pero también una especie de termómetro cultural. A veces marca tendencias con una claridad casi brutal. Otras veces simplemente desnuda tensiones que ya venían creciendo por debajo, como si el festival no las inventara, sino que les encendiera la luz más fuerte.
Este año, la edición se vivió con una intensidad particular por dos motivos que se entrelazan sin pedir permiso: el impacto televisivo del show de Mon Laferte y el ruido social que dejó la rutina de la comediante Asskha Sumathra. Dos momentos muy distintos, dos energías opuestas… y el mismo fondo: qué entendemos por cultura popular hoy, qué estamos dispuestos a celebrar, qué nos cuesta tolerar, dónde ponemos los límites.
Antes de meternos en lo que ocurrió, conviene mirar el mapa. Viña 2026 no es un evento suelto, es un pequeño mundo con sus propias reglas. Un mundo que se activa durante seis noches y cambia el humor del país como lo haría un partido decisivo o una elección importante.
Un festival que todavía manda en la conversación
En un tiempo en que cada quien mira lo que quiere, cuando quiere, Viña sigue consiguiendo algo que parece de otra época: una atención masiva y sincronizada. A la misma hora, en distintas ciudades, con distintos gustos, la gente vuelve a mirar lo mismo para después discutirlo como si fuera asunto personal. Eso tiene un valor cultural enorme, aunque a veces lo notemos solo cuando ya estamos discutiendo en sobremesa.
La edición 2026 se realizó entre el 22 y el 27 de febrero, con una programación que mezcló artistas internacionales, nombres muy instalados en Chile y el bloque que más nervios genera siempre: el humor. El festival se transmite por Mega y se arma con la municipalidad de Viña del Mar y la producción de Bizarro, un engranaje grande donde cada detalle importa porque cualquier tropiezo se amplifica en segundos.
Para ubicar el clima, aquí va una mini postal de lo que se ha comentado con más fuerza en estos días:
| Momento | Por qué prendió | Lo que dejó en el aire |
|---|---|---|
| Presentación de Mon Laferte | Alto impacto televisivo, emoción colectiva, premio mayor | La idea de una artista que no solo canta, también representa |
| Rutina de Asskha Sumathra | Polémica, denuncias, discusión sobre límites | La sensación incómoda de que el humor sigue siendo campo minado |
| Competencias del festival | Ganadores y premios que viajan fuera de Chile | La pregunta de siempre: qué exporta hoy la escena musical del continente |
No es un resumen frío. Es más bien una forma de entender por qué estos temas se conectaron tan rápido: Viña no da tregua. Cuando una noche explota por emoción, la siguiente puede explotar por conflicto.
Mon Laferte y ese raro milagro de poner de acuerdo a multitudes
La música en Viña suele ser celebratoria, pero lo que pasó con Mon Laferte tuvo otra textura. Se sintió como una presentación esperada, casi inevitable, y al mismo tiempo como una especie de examen frente al país entero. En parte porque ella carga una historia potente: la artista chilena que se hizo gigante, la voz que atravesó fronteras, la figura que provoca amor y discusión por igual.
Su show fue, según cifras reportadas por el propio canal, el de mayor audiencia del festival hasta ese momento, con un promedio de más de dos millones de espectadores por minuto y un peak que subió todavía más. Es un número que impresiona por sí solo, pero lo más interesante es lo que simboliza: en plena era del consumo fragmentado, un concierto logró convertirse en centro emocional compartido.
Y entonces vino el hito que terminó por sellar la noche como una de esas que se recuerdan durante años. Laferte recibió la Gaviota de Platino, un premio excepcional que no se entrega como rutina, sino como señal. La idea, al final, es simple y poderosa: reconocer algo que se vuelve más grande que una buena presentación.
Hay un momento en que el espectáculo deja de ser entretenimiento y se vuelve relato. En ese tipo de noches, el público no solo aplaude una canción, aplaude una biografía, una identidad, una forma de estar en el mundo. Por eso la emoción se siente tan distinta. Por eso también el festival se justifica a sí mismo: cuando sale bien, no parece un programa de televisión, parece un ritual popular.
Uno podría pensar que todo esto es solo rating y premios, pero no. Hay una capa menos obvia que vale la pena decir en voz alta: el impacto cultural de Laferte no es solo musical. Es estético, generacional, incluso político en el sentido más cotidiano de la palabra. Su presencia en Viña habla de un Chile que mira hacia afuera sin dejar de mirarse a sí mismo. Habla de un país que quiere reconocerse en figuras que han vivido el mundo y vuelven con cicatrices, estilo y personalidad.
En esas noches, el festival hace algo bonito: permite que una artista sea muchas cosas a la vez. Cantante, ícono, recuerdo, presente, conversación de familia. Y los músicos chilenos de la vieja guardia siguen siendo parte del corazón chileno. No todos los artistas consiguen eso. No todos los años pasa.
La otra cara del escenario: cuando el humor enciende alarmas
Viña tiene una tradición que asusta incluso a los comediantes más experimentados. El humorista se para en la Quinta Vergara sabiendo que el público puede abrazarlo o destruirlo en minutos. Esa dinámica, que se suele contar con una mezcla de miedo y orgullo, tiene algo inquietante: convierte la risa en un juicio.
En 2026, la rutina de Asskha Sumathra terminó empujando el debate hacia un lugar áspero. Tras su presentación, se registraron cientos de denuncias en el CNTV. No es un detalle menor. Habla de un público movilizado, de personas que sintieron que algo los cruzó de mala manera, o que vieron ahí una transgresión que no querían dejar pasar.
En paralelo, se instaló otra discusión que siempre aparece cuando el humor incomoda: la idea de censura. Hubo comentarios sobre cortes, tiempos, límites editoriales, y sobre si el festival, como programa de televisión, tiene derecho o deber de encauzar lo que ocurre en vivo.
Aquí hay una tensión delicada que no se resuelve con frases rápidas. La televisión abierta todavía funciona como un espacio familiar, transversal, y por eso mismo cualquier contenido que parte del público considera explícito o ofensivo se vuelve explosivo. Al mismo tiempo, el humor, si quiere ser más que chistes seguros, suele rozar temas difíciles. El problema aparece cuando el roce se convierte en herida para una parte importante de la audiencia, o cuando el escenario se usa para reforzar prejuicios en vez de exponerlos.
El debate se vuelve todavía más complejo si consideramos que Asskha Sumathra es una figura transformista. Eso agrega capas. Para algunos, su presencia es una expresión legítima de diversidad en un escenario masivo. Para otros, es el punto de fricción que activa incomodidades previas. Viña, en ese sentido, no inventa el conflicto, lo concentra.
Y aquí vale la pena detenerse un segundo en algo que se menciona menos: las denuncias no solo son un gesto de rechazo, también son una forma de participación cultural. Hay gente que no comenta en redes, no escribe columnas, no va a marchas. Pero entra a un sitio oficial y deja constancia. Eso dice mucho de cómo se vive hoy la cultura popular. El espectáculo deja de ser pasivo. El público no solo consume, también interviene.
No es necesariamente bueno ni malo, pero sí es real. La pregunta de fondo sería otra: ¿queremos un festival que se sienta como sala de estar con reglas de etiqueta, o queremos un festival que refleje tensiones actuales aunque duelan?
Viña como espejo, y ese espejo no siempre favorece
Si uno junta ambos momentos, Laferte y Sumathra, aparece una imagen interesante. Viña puede ser una fábrica de unanimidades emocionales, pero también puede ser una máquina de polarización. Un día celebra lo que nos une, al siguiente nos recuerda lo que nos separa.
En Chile, la discusión cultural suele tener un componente generacional fuerte. Lo que para una parte del público es normal, para otra es una provocación. Lo que unos llaman libertad creativa, otros lo sienten como falta de respeto. Viña se mete en ese cruce sin pedir permiso, porque su formato lo obliga: no es un festival de nicho, no es un teatro con público segmentado, no es un streaming que cada quien elige. Es televisión abierta, ciudad completa mirando, conversación nacional.
Por eso el festival se vuelve un laboratorio extraño. Los artistas prueban repertorios, los humoristas prueban límites, la audiencia prueba su poder. Y de paso, Chile prueba su propia tolerancia.
A veces se dice que Viña ya no es lo que era. Puede ser cierto en algunos aspectos, pero hay algo que sigue intacto: su capacidad de generar símbolos. La Gaviota de Platino no es solo un trofeo. Es un gesto colectivo que dice aquí hay algo importante. Del mismo modo, cientos de denuncias no son solo un número. Son un síntoma de choque cultural.
En el fondo, todo esto es una conversación sobre convivencia. Sobre cómo compartimos un espacio común sin que el espacio se vuelva una guerra. Sobre cómo reímos sin que la risa aplaste a alguien. Sobre cómo celebramos sin convertir cada celebración en un plebiscito.
Lo que queda cuando se apagan las luces
Cuando Viña termina, suele pasar algo curioso: el país se queda con escenas sueltas, como fotografías mentales. Un coro gritando, una gaviota levantada, un silencio incómodo, una frase que se vuelve meme, un momento de emoción genuina que se comparte sin ironía.
De esta edición, probablemente quedarán dos recuerdos muy nítidos. El primero es la noche de Mon Laferte como una especie de triunfo emocional, un recordatorio de que el festival todavía puede regalar momentos de belleza popular sin cinismo. El segundo es la discusión alrededor de Asskha Sumathra, como señal de que la cultura masiva sigue siendo un territorio en disputa, y que el humor, lejos de ser un descanso, se transformó en una frontera.
Si uno mira con calma, hay algo esperanzador en esa mezcla. Que una sociedad discuta su cultura significa que le importa. Que se emocione con una artista y discuta con una rutina significa que todavía está viva, que no se resigna a mirar todo con distancia.
Viña 2026 deja una enseñanza sencilla y difícil al mismo tiempo: no se puede pedir un festival que represente a todos y, a la vez, exigir que nunca incomode a nadie. La gracia del escenario grande es esa: a veces abraza, a veces empuja, a veces se equivoca. Lo importante es qué hacemos después con esa energía. Si la usamos para comprendernos un poco más, o si la usamos solo para gritar más fuerte.
En una semana, quizá, el país vuelva a su ritmo habitual. Los titulares cambiarán, la conversación se moverá a otro tema, y la Quinta Vergara quedará quieta otra vez. Pero lo que se discutió aquí no se va tan rápido. La idea de quiénes caben en el escenario, de qué entendemos por respeto, de cómo convivimos con lo diferente, de qué nos emociona cuando estamos juntos… eso sigue resonando.
Y quizá esa sea la verdadera función de Viña en 2026, recordarnos que la cultura popular no es liviana. Es el lugar donde nos encontramos sin filtro. A veces con ternura, a veces con ruido. Siempre con algo que decir.